Año nuevo, vida nueva. Al menos eso es lo que se dice
siempre, pero no todo es tan fácil. No podemos poner un punto y final a los
últimos 365 días y hacer como si nunca hubiesen ocurrido. Hacer que queden en
el recuerdo y no afecten a nuestro presente.
La vida es una suma de acontecimientos, unos estupendos,
otros simplemente buenos, algunos regulares y otros tan malos que desearíamos
borrarlos de nuestra cabeza. Pero cada uno de ellos aporta algo a tu vida. Los
malos te dan lecciones y hace que aprendas de ellos. Quizás algunos no somos
nosotros culpables de que pasen pero te enseñan a valorar las cosas y darle
importancia solo a aquello que de verdad la tiene. Y nuestros errores hacen que
más adelante no los volvamos a repetir, aunque no siempre eso sea posible pues
ya dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma
piedra pero en ocasiones no nos damos cuenta de que era una piedra hasta que no
tropezamos unas cuantas veces con ella.
Pienso que nunca es tarde para arreglar un error del
pasado siempre que quiera arreglarse. Hay cosas que simplemente es más fácil
dejarlas pasar pero puede que a largo plazo nos arrepintamos de ello. También
hay otras veces que es la mejor decisión que podamos tomar porque nos demos
cuenta que en realidad no nos importa lo que quiera que sea. En un tercer caso
no sabemos lo que sentimos ni tampoco lo que es mejor.
Llega un momento en el que las situaciones te superan.
Que nuestro cerebro no puede más y se satura. Que no distinguimos entre el bien
y el mal. Que no sabemos lo que es mejor o es peor para nosotros, para nuestras
vidas. Momentos en que solo deseamos desaparecer de todo lo que nos rodea. No
saber sobre nada ni sobre nadie. Que únicamente queremos huir de la multitud y
quedarnos completamente solos. Y de este modo valorar lo que tenemos, echar de
menos lo que de verdad nos importa y olvidarnos de todo lo que no.